Impresionante vídeo el que vais a poder ver debajo de estas líneas todos los amantes del Real Murcia. Las lágrimas os brotarán de los ojos a más de uno y de buen seguro os vas a sentir con unas enormes ganas de volver a ver un partido del equipo grana. El autor, por cierto, es Josico 04.
Sin embargo, me sigue doliendo que estas iniciativas y campañas pro Real Murcia sólo salgan a través de aficionados y no del propio club. ¿El Real Murcia no tiene un departamento de márketing? ¿Por qué no vende su imagen? ¿Por qué no convoca al murcianismo? ¿Por qué los aficionados tenemos que dar mucho y recibir tan poco (resultados deportivos al margen)?
Por fortuna el Real Murcia seguirá siendo lo que su afición quiera.
Me gusta Estopa, sí. No lo puedo evitar. No soy muy amigo de los artistas comerciales que salen en la radio y cuyos singles se los saben al dedillo las quinceañeras fans de Física o Química. Sobre todo porque, más allá de esos singles, no hay mucho más que rascar.
Estopa me gusta desde el minuto cinco de su carrera. Desde que sacó su primer disco, titulado como ellos mismos, y que rompió moldes con una rumba agresiva y muy canalla. Su segundo trabajo, Destrangis, algo más calmado, más popero quizá, pero con dosis estoperas más conseguidas, me enganchó definitivamente.
Su propia cima la alcanzaron entonces, y es que desde Destrangis, Estopa no ha cuajado un trabajo que se equipare a los dos primeros. “¿La calle es tuya?”, “Voces de ultrarrumba” y “Allenrok” han sido sus últimos discos, en los que hay letras muy buenas alternadas con temas sin chicha ni limoná.
Dos tipos normales que venían de trabajar en la fábrica, de repente, apartan a los Backstreet Boys de las listas de ventas, meten un millón de discos en los hogares españoles y se quedan tan panchos. Desde entonces, ellos mismos y la gente de su entorno afirma que no han cambiado.
Ahora llega su nuevo disco recopilatorio, un trabajo en el que lo más granado de la música española rinde tributo a estos dos canallas de Cornellá. Ana Belén, El Canto del Loco o Carlos Jean se han atado con las cuerdas de sus guitarras para obtener el mejor sonido alternativo a algo salido de la mente de Estopa.
En cierto modo, y aunque sus trabajos ya no sean lo mismo, Estopa sigue siendo Estopa. Dicen sus detractores, como los detractores de todos, que todas sus canciones son lo mismo. Incluso que son una burda copia de Los Chichos. Pero qué queréis que os diga, diez años después, a mí Estopa me sigue sonando a Estopa.
Desde hace unos años, cada primer fin de semana de agosto, Cehegín se despierta a las 08:00 horas para asistir, bien como corredor, bien como público, a los encierros de San Zenón. Es una costumbre nueva, de apenas tres años de edad, pero plenamente consolidad en los corazones de todos lo cehegineros y cehegineras.
He asistido como espectador los dos últimos años y lo cierto es que el ambiente es como en cualquier pueblo en fiestas: la gente está más amable de lo común. Caminan de un lado a otro, saltan, bailan, cantan, beben, fuman… como si no existiese un lunes.
El plato fuerte de las fiestas de San Zenón son los encierros, en los que los jóvenes cehegineros (alguno joven de más) corren delante de los toros hasta la plaza, mientras la estatua de Pepín Liria que hay en la puerta les mira como diciendo “si supiérais lo peligrosos que son…”
Como en todas las fiestas de este tipo, no faltan los inconscientes que alardean de machitos jugándose el culo delante de dos pitones. Algún niño, algún borracho… Ya debéis de suponer que la seguridad es importante en esos días, pero siempre se escapa algún energúmeno que pone en peligro las fiestas por culpa de su irresponsabilidad. Por fortuna, en estos tres años, aún no ha pasado nada importante.
Lo que más he conocido ha sido las noches de San Zenón. Esas en las que el techo es azul muy oscuro con miles de puntitos blancos, las barras se agolpan en las puertas de los pubs, la gente se echa a la calle, la música brota de cada alcantarilla, los cubatas caen en cero coma y la cerveza sirve para rebajar la ginebra. Esas de las que te acuerdas a ráfagas a la mañana siguiente, cuando el estómago se caga en tu puta madre por haberle metido un par de litricos de garrafón y del malo. Esas en las que el único encierro que ves, es el de un borracho cabrón perseguido por la policía en la puerta del Molokay.
En resumen, que San Zenón mola. No son los San Fermines, pero son una buena oportunidad para empezar agosto enemistándote con tu propio hígado y echar unas risas al amparo del Bar Gran Vía.
Sin avisar. Sin esperarlo. De improvisto. Mi XBOX 360 ha… enfermado después de dos años y un par de meses. No ha muerto todavía, tiene arreglo. Digamos que se ha contagiado de la gripe H1N1 pero la de las consolas. Mi 360 tiene la nueva (o ya no tanto) gripe videojueguil. Las temidas tres luces rojas.
Me huele raro, porque no ha sido mientras jugaba. De hecho, ha sido tras varios días sin echufarla. La he conectado y me han aparecido las luces rojas en la consola. Además, en la televisión ni siquiera aparece el logo de XBOX 360. Todo negro. Normalmente el hardware de la consola de Microsoft peta mientras uno está jugando debido al sobrecalientamiento, no cuando está apagada durante algunos días. He revisado los cables y todos están conectados. Me huele raro, pero no parece que haya otra solución: toca llamar al servicio técnico y mandarla a Alemania a que la reparen.
Esto antes no pasaba. A lo más que llegaban las consolas de antes era a que se llenasen de polvo los cartuchos y se rayasen los CD’s. Recuerdo haber soplado innumerables veces el cartucho del Super Mario World de Game Boy Color antes de jugar. O haber limpiado los discos para la PlayStation (la primera y genuina). Pero no se rompían así como así…
Había oído hablar de las tres luces rojas muchas veces. Conozco de hecho a varias personas a las que les ha ocurrido. Pero nunca pensé de verdad que le fuese a pasar a mi consola, ya que tampoco juego demasiadas horas seguidas. Sin embargo, ha pasado. Tres luces rojas. El anillo de la muerte. Un anillo para jodernos a todos.
Llegué a Michael Jackson tarde, obviamente, pues cuando el genio del pop sacó al mercado su sencillo Black or White yo apenas contaba con tres años. Pero aun así he tenido a lo largo de mi vida un aprecio eterno a la música del astro blanco (o negro). Beat it, Thriller o Billie Jean no han faltado a su cita con los CD’s que grababa para escuchar en el coche.
Además, ha estado presente en mi vida durante los últimos años. Michael Jackson aparecía en conversaciones, imitaciones, fiestas o viajes con relativa facilidad. Recuerdo a Adrián intentando hacerse con el Moonwalk (como tantos otros), a Billie Jean sonando atronadoramente a través de las ventanillas de mi coche (con el resto de elContragolpe dentro) en una ocasión, o a Gonzalo (en Bottup, en Facebook, en MásVida) flipando por haber visto este vídeo.
Dejando de lado los escándalos por abuso de menores que le han perseguido hasta el mismo día de su muerte, Michael Jackson ha sido uno de los personajes más importantes de la historia moderna de la humanidad. Probablemente, y muchos estarán de acuerdo conmigo, Michael ha sido el artista más importante de la historia de la música moderna. Todo empezó con él, fue la semilla de la que germinó el nuevo pop, el nuevo rock, el nuevo soul… en definitiva, la nueva música.
Allá donde estés, siempre habrá un Moonwalk en tu honor. Descanse en paz.
“Para un reportero en una guerra, territorio comanche es el lugar donde el instinto dice que pares el coche y des media vuelta; donde siempre parece a punto de anochecer y caminas pegado a las paredes, hacia los tiros que suenan a a lo lejos, mientras escuchas el ruido de tus pasos sobre los cristales rotos. Territorio comanche es allí donde oyes crujir bajo tus botas, y aunque no ves a nadie sabes que te están mirando.”
Arturo Pérez-Reverte, Territorio Comanche.
Durante esta temporada de exámenes de junio aparqué la lectura de Gomorra para ahogar las penas estudiantiles en una obra algo más ligera. Entre tanto apunte de teoría periodística, necesitaba algo con más caña, periodismo puro, reporterismo exacerbado, supervivencia profesional. Algo que me hinchara la vena del cuello, una demostración de los porqués de haber elegido periodismo en vez de cualquier otra carrera más fácil o más difícil, con más o con menos salidas al mercado laboral. Abrí Territorio Comanche y comencé a leer.
Barlés y Márquez son dos reporteros de TVE que, mientras esperan a que el puente de Bijelo Polje sea reventado por los croatas para evitar el avance enemigo, divagan entre matojos y arbustos, apostados cerca de las balas, rememorando colegas muertos en una guerra que, como todas, carece de sentido cuanto más dentro de encuentras.
Márquez es el cámara y Barlés (Reverte) el periodista. La excusa para contar recuerdos, vivencias e historias de guerra lo encuentran en el tiempo de espera que usan mientras el puente de Bijelo Polje no es derribado. Márquez no quiere perderse tal espectáculo y por ello aguardan durante todo el libro a que las cargas que hay colocadas en la base exploten. Las imágenes lo son todo y, en cierto modo, se presenta al cámara como un cazador de momentos. Y el que no se hace con un puente en el momento de saltar por los aires, no es leyenda.
Es un libro cortito, ideal para leer en un par de ratos, muy entretenido y sobre todo interesante para aquellos que, como yo, estudian periodismo. Además, todo ello aderezado con la prosa siempre dura de Pérez-Reverte. Un must read para cualquier periodista, desde los conatos de quince años hasta las viejas glorias que, puro en boca, reparten sabiduría en conferencias y charlas.
No sé qué es más grave, que emitan unas imágenes falsas o que no hayan visto nunca Perdidos.
El periodismo vive un momento de crisis conceptual, de cambio constante, de renovación. La sociedad, cada vez más, mira con recelo las informaciones vertidas por los medios por dudar de su imparcialidad y de su objetividad.
Por eso no ayudan nada este tipo de actuaciones. No contrastar las fuentes es pecado capital. Que el humo negro les juzgue.
Lo reconozco, me estoy enganchando a Perdidos. Todo el movimiento generado por la emisión de la serie en Cuatro hizo que viera los primeros capítulos y desde entonces se ha convertido en un divertimento del que no puedo escapar. Ya es demasiado tarde, estoy atrapado en la isla.
Apenas llevo la mitad de la primera temporada, suficiente como para destacar a Lost como la serie que mejor ha llevado a la televisión el suspense y la intriga. Es como una película de cien horas en la que los personajes tienen que sobrevivir a una isla que les quiere muertos mientras escapan de un pasado incierto. En cierto modo, la isla en la que se encuentran es, al mismo tiempo, cárcel y liberación. Perdidos están y perdidos estaban. Cada uno montó en el avión por algún motivo, huyendo de su propia vida, de su realidad.
Y todo de la mano de un hombre en cuyo currículum pesa mucho, desde 2004, el ser director, productor y guionista de Perdidos. Se trata de J.J. Abrams, neoyorquino criado en Los Ángeles en cuyo haber quedan series como Lost, Felicity o Alias. Además, es productor de la nueva película de Star Trek.
Números
4 8 15 16 23 42. Nunca una sucesión de números fue tan famosa. De dichas cifras han surgido multitud de teorías que intentan explicar tanto su significado particular como el de todos los misterios que rodean a la isla más famosa y a la vez más desconocida del Pacífico sur.
No quiero explayarme mucho más porque cualquier información más allá de una simple apreciación podría considerarse spoiler, por lo que mejor no decir nada. Porque Perdidos merece la pena verla sin saber mucho más, porque así, todo cuanto vaya ocurriendo, se convertirá en una agradable (o no…) sorpresa.
Mi nombre es Alberto Espinosa y este es mi blog personal. Murciano y murcianista sin remedio, estudio periodismo por vocación. Y a ratos, escribo aquí.
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