
Siempre me ha fascinado mirar las nubes. Desde pequeño he buscado formas conocidas entre las curvas blancas y espumosas de las nubes. La mayoría de las veces que he adivinado algo han sido animales feroces con la boca abierta que esperan a que algún avión les deje algo entre las fauces que les caliente el húmedo estómago. Más allá de animales, incluso criaturas mastodónticas, desde un dragón de enormes proporciones a un fénix que resurge detrás de alguna montaña.
Sobre todo me gusta cuando se mueven. Es como si esos animales cobrasen vida. Parece que en cualquier momento va a aparecer “El último superviviente” por cualquier tejado, pondrá una pose a lo Spiderman, me mirará como mira a la cámara y me contará cómo matar a esa nube sin dañarle la carne para que sirva de comida para un mes y abrigo para un año.
Cuando el Sol les incide desde abajo, se ponen más colorás que las zagalicas de doce años cuando les guiña un ojo el macarra de 3º de la ESO. Y entonces me vuelvo loco. Es como si se vistieran con su camiseta del Murcia, más orgullosas que yo, erigiéndose en el trono perfecto para el gran Panadero de Archena, que fijo que se sienta allí, con su casaca grana Kelme de vete a saber cuando. Como esperando verle e inmortalizarle, hago una foto. Casi siempre que puedo, claro.
Luego están las nubes que se ven cuando uno va en coche. Esas que te pasan por encima, mirándote más vacilonas que el cani de turno en la puerta del antiguo Viva Murcia un sábado por la noche, pelocenicero arriba, zapatos de chúpamelapunta blancos abajo. Suelen ser redondas, como esas que dibujan los críos encima de la casa con la chimenea, el árbol y el coche. Y más blancas que el corazón de Chendo.
He de decir que las que más me gustan, por encima de todas, son las grises. Esas que parece que de un momento a otro se van a poner más negras que el tizón y van a reventar sobre nuestras cabezas. Las que huelen a húmedo, las que tienen gases. Las que nos traen la tan ansiada agua. Será por eso que bendigo al cielo cada vez que aparece una tan grande que impide que se vea, allá a lo lejos, el Cristo de Monteagudo. Pocas veces descarga aquí su oro incoloro, pero da gusto verlas. Y olerlas. Y sentir la brisa que traen. E imaginarse que, encima de ellas, vuela un águila blanca, gigante y redondeada que bate sus alas esperando a que una nube tome la forma de un conejo para echárselo al pico.
Escrito por Alberto Espinosa
Escrito por Alberto Espinosa 


Escrito por Alberto Espinosa 

e que cesen los conflictos entre suníes y chiíes, siendo estos últimos los habitantes de los barrios colindantes.
ste caso, el capitalismo en Irak, aun sabiendo la inflación latente). Esto conllevará la modernización de la sociedad y posteriormente el cambio político deseado. Sin embargo, Irak parece que se encuentra en una situación más difícil, ya que el gobernante ha de regirse por el Corán y precisamente no encaja muy bien con una gobierno democrático, ni siquiera con la declaración de derechos promulgada en 1948.

