Los Paparajotes. El olor a limón. La huerta. La Plaza de las Flores. Las tardes de fútbol y toros. El coso condominero. Marinera en domingo a mediodía. Estrella Levante. Gol de Aquino. Las murcianas. Rojiblancos, los colores. Acho. Pijo. Huevos. El Bando de la Huerta. Las Tascas. El Entierro de la Sardina. Primavera. Las barracas. Los Huertos. La feria. Siete coronas. Ensalada murciana. El Sol. Las noches en las terrazas. La Redonda. La Virgen de la Fuensanta. La Catedral. La Romería.Vestirse de huertano. Sentirse murciano. Acho. Murcia.
Cine de Radio es un programa de cine que hacemos cinco (seis si contamos al técnico) locos para la radio de la UCAM. El programa de esta semana es especial, ya que le hemos dedicado la mitad a Perdidos. Esperamos que os guste, porque nosotros nos lo hemos pasado de muerte…
Javier, el primero por la izquierda, actuando de asistente en un San Pedro del Pinatar-Ranero
Todos los grandes profesionales del deporte tienen un comienzo. Un momento en el que dudan, fallan y, sobre todo, aprenden. Para muchos es la clave gracias a la que, algunos años después, pueden dedicarse a su especialidad con la experiencia necesaria para no perder el equilibrio al mínimo soplido. Por eso es muy bonito, de vez en cuando, prestarle atención al deporte base.
Sobre el césped, las futuras estrellas del balompié. Sobre el parqué, los que el día de mañana meterán nuestras canastas. Sobre la tierra batida y a raquetazo limpio, los próximos Nadales, Ferreros y Verdascos. Pero nos olvidamos de los demás componentes, totalmente necesarios, del deporte. Aquellos maltratados jueces cuyo incomprendido trabajo es fundamental: los árbitros.
En Murcia existe una escuela de jóvenes colegiados que crece cada día. Y Javier es uno de ellos. Tiene 18 años, estudia 1º de Bachillerato, sale con sus amigos, con las chicas… en apariencia, un joven normal. Sin embargo, difiere en una cosa: los fines de semana, en vez de una botella, se pone un pito en la boca.
La batalla entre el bien y el mal, o si prefiere el lector, entre dos polos opuestos, ha sido una constante durante toda la serie. Desde el blanco y el negro de las fichas del Backgammon de Locke hasta el enfrentamiento abierto entre Jack y John, entre destino y libre albedrío. A falta de ocho capítulos, la guerra aún no ha terminado.
Pocas fiestas hay en el mundo que a un murciano pongan más alegre que el Bando de la Huerta. Ni el Entierro de la Sardina, ni la Romería, ni las noches en los Huertos. Quizá, y sólo porque se ve menos que el agua de lluvia, nos guste más celebrar un ascenso del Murcia. Pero ya está.
Aunque cada vez son más los que se visten el día de antes para empalmar noche y mañana, el Bando de la Huerta tradicional, el de toda la vida, empieza bien temprano ese buen primer martes después de la Semana Santa. Ni te cases, ni te embarques, pero eso sí, métete entre pecho y espalda unas cuantas marineras en la Plaza de las Flores, un zarangollo en una barraca y morcillas y montaditos en cualquier sitio.
En la vida cotidiana son muchas las veces en las que nos sorprendemos afirmando lo que va a ocurrir en un número determinado de minutos, horas o días. Algunos lo llaman videncia, otros poderes adivinatorios (lo que viene a ser lo mismo), mientras que el resto, o lo achaca a la casualidad, o lo hace a la experiencia.
Cuando uno nace (o se hace) murcianista, no sabe que va a vivir, hasta el último día de su vida, sufriendo. No lo sabe, ni se lo imagina, por mucho que papá se agache, te mire a los ojos y te lo avise: “Hijo, somos muy malos”. Pero igual que a esa media naranja que nos encontramos el día menos esperado en una esquina del pueblo, al Real Murcia lo conoces a la perfección a la tercera cita. Sabes, al tercer partido que le has visto, que te va a hacer sufrir. Pero leches, por más que quieras, no puedes dejar de quererlo.
Y ahora resulta que quieren quitar el Cristo de Monteagudo. Desarmarlo como si fuera una pieza de LEGO, empaquetarlo y apartarlo de la vista de todos aquellos laicos a los que les ofende la vista observar a la esbelta figura velar de la huerta murciana desde lo más alto del valle.
Anda que no da gustico ver el Cristo de Monteagudo en la lejanía, en lo alto del monte, cuando vuelves de viaje, de estar horas, días, semanas, meses o años fuera de Murcia, ahí con los brazos abiertos, acogiéndote como buen murciano que es.
No importa cuán estrecho sea el camino,
cuán cargada de castigo la sentencia.
Soy el amo de mi destino;
soy el capitán de mi alma
William Ernest Henley
No hace falta que Clint Eastwood haga una obra maestra cada año para alcanzar el Olimpo del cine. El mejor director del mundo tiene suficiente crédito, después de películas como Million Dollar Baby, Mystic River o Gran Torino, como para permitirse bajar el listón y rodar una que, si bien no alcanza el nivel de las anteriormente mencionadas, sigue estando muy por encima de la media que marca el resto de cintas que copan las carteleras semana tras semana.
Invictus es, en cierto modo, una película facilona para Clint. Sorprende poco; emociona cuando tiene que emocionar, tensa cuando tiene que tensar, abruma cuando tiene que abrumar.
En Invictus, Eastwood narra, de la mano de Morgan Freeman, cómo Nelson Mandela unió Sudáfrica a través del rugby. Y digo de la mano porque todo el peso de la película recae en en Freeman, un auténtico lobo que, de un bocado, se come todas las escenas en las que aparece.
Normalmente las películas deportivas suelen ser un bodrio infumable, por eso daba especial morbo que el genio entre los genios quisiera rodar una cinta con el rugby como telón de fondo. Y el resultado es fantástico.
Sin embargo, el no ser una de sus obras maestras ha hecho caer sobre la cabeza de Clint una serie de críticas que no merece. Estamos tan mal acostumbrados que Invitus, una película maravillosa, nos parece un trabajo menor. Sí, es una película facilona, pero muy conseguida. Cuando tiene que emocionar, emociona de verdad. Cuando tiene que tensar, tensa de verdad. Cuando tiene que abrumar, abruma de verdad.
Aunque Invictus no alcanza el nivel de, por ejemplo, Gran Torino, sí es una película sobresaliente. De todos modos, a estas alturas, Clint Eastwood puede hacer lo que quiera. Es el capitán de su alma.
El próximo lunes 11 de enero (el lunes que viene, vamos) comienza su andadura en laSexta el nuevo programa de Dani Mateo y Ricardo Castella, llamado Periodistas F.C. Este nuevo espacio parece que será un Sé lo que hicisteis segunda parte cuyo eje, en vez de la prensa del corazón, será la deportiva.
La televisión está muy falta de buenas ideas. De menos chabacanerías y más calidad. Y esta es una buena idea, sin duda. Pero los astros televisivos dicen que no va a triunfar y que en pocas semanas Periodistas F.C. volverá al cajón de las buenas ideas mal programadas.
Resulta que laSexta ha decidido emitir el nuevo programa de Dani Mateo y Ricardo Castella a las 14:55 del mediodía, sustituyendo a Padre de Familia, único producto que en esa franja horaria ha resistido el asedio de los informativos del resto de cadenas.
Sobra decir que un programa de nueva creación en una cadena pequeña no va a poder competir nunca con los informativos y sobre todo con el otro espacio deportivo de máxima audiencia que comienza a esa hora, léase los deportes de los Manolos. Fracasará como en su día lo hizo El muro infernal (aunque éste lo hubiera hecho en cualquier otro horario) y la magnífica Cómo conocí a vuestra madre.
Que conste que, dada mi condición de gafe, es posible que Periodistas F.C. acabe revolucionando el mundo del periodismo deportivo tal y como Sé lo que hicisteis lo ha conseguido con la prensa rosa. No obstante, todo parece indicar que, o bien es cancelado a las primeras de cambio, o bien acaba siendo reprogramado a otra franja horaria de un lunes a otro.
Dentro de muchos años, cuando todas las películas sean en 3D y estemos acostumbrados a ver entornos digitales capaces de representar cualquier persona, cosa, paisaje o mundo, nos acordaremos de la Navidad de 2009 y de Avatar, la nueva película de James Cameron tras doce años sabáticos dedicados a saborear y digerir el éxito de Titanic.
Como decía, evocaremos Avatar casi como una película de culto, como si fuera la primera cinta con sonido o incluso en color y diremos: “yo la vi en el cine cuando la estrenaron”, y nos sentiremos orgullosos al contárselo a nuestros hijos y nietos.
Avatar parece el futuro del cine. El planeta Pandora ha abierto el camino a directores y guionistas. Lo que hasta ahora era imposible, el 3D lo convertirá en realidad. La cinta de James Cameron, destinada desde el principio a ser la auténtica protagonista en los Oscars, es tan sólo el principio.
Sencillamente Avatar es un espectáculo visual capaz de enganchar al espectador con tan sólo los colores, los brillos, las texturas y la luz proyectada en la piel de los Na’vi. Una flora y una fauna creadas expresamente para satisfacer a Cameron, una lengua que ya tiene sus estudiosos y un ritmo vibrante son los complementos perfectos para fabricar un producto de éxito sin preocuparse demasiado por lo se que está contando.
El aspecto negativo de la película es, sin lugar a dudas, la simplicidad de la historia y la forma excesivamente rápida de contarla. Tan pronto estás viendo a un marine en silla de ruedas aterrizar en Pandora como, de repente, te encuentras a un muñeco azul dando saltos en medio de la selva.
Porque Avatar es la clásica historia de resistencia ante el invasor -en este caso, los Na’vi protegiéndose de los codiciosos humanos que ansían un valioso mineral- en la que un marine se enamora de una de estas alienígenas azules y se cambia de bando. Un regalo poco original envuelto con el mejor papel posible.
A pesar de la poca profundidad narrativa, Avatar representa una puerta abierta al mundo del 3D, a una técnica aún más depurada de crear películas con tan sólo papel, lápiz, un ordenador y un sistema de captura de movimientos.
Mi nombre es Alberto Espinosa y este es mi blog personal. Murciano y murcianista sin remedio, estudio periodismo por vocación. Y a ratos, escribo aquí.
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